miércoles, 22 de noviembre de 2017

Sueño Inmortal

Ese día soñé que todo era perfecto. No había enfermedad, miedo, muerte o vejez. No había un sólo motivo en el mundo para estar triste. La sabiduría absoluta, al fin, era una realidad y Dios, lo mismo que un cuento de hadas. El ser humano había alcanzado todo lo que alguna vez quiso: no ser humano.

Todo el mundo estaba viviendo en un tiempo estático sin que sus cuerpos envejecieran. Nadie era capaz de morir, por lo que no era necesario reproducirse. La genética estaba tan controlada que nadie podía desarrollar enfermedad en algún momento de su vida, las heridas sanaban solas y los miembros se regeneraban por sí mismos.

Todo era tan diferente y maravilloso. Los avances tecnológicos eran tales, que en tiempos pasados parecería que se trataran de magia, pero no era más que la vida real. El hecho de vivir en las nubes o más allá de ellas, ¿quién lo diría? El desarrollo de un poder mental capaz de conocer el pasado, presente y futuro al mismo tiempo.

Gracias a la selección genética, la apariencia de los humanos era como de ángeles bajados del mismo cielo; todos igual de hermosos, perfectos e inmortales. La fealdad y deformidad dejaron de existir, dando paso a una belleza perpetua en cada ser vivo sobre la tierra.

La inmortalidad no sólo había suprimido la necesidad de reproducción entre la raza humana, sino que también, ambos sexos desaparecieron, para haber solamente uno que no era ni hombre ni mujer, sino que existía para vivir sin el miedo de no encontrar a la persona ideal con la cual pasar el resto de sus días hasta dejar de vivir.

Los nuevos post-humanos habían perdido todo lo que los había hecho humanos alguna vez. Cambiaron su forma de vivir y pensar, y atrapados en una interminable felicidad falsa, alteraron el curso de su evolución para sellar su destino como la raza del egoísmo por excelencia, sin poder volver a experimentar sentimientos como el amor, enojo, tristeza, alegría o satisfacción por el resto de la eternidad.

Al final fue todo muy confuso. La naturaleza siempre toma decisiones que van más allá de lo que tienes planeado. Hay cosas que han existido antes y existirán después de uno mismo. Cuando tu mundo se acaba ¿qué más te queda por hacer? Vagar. Flotar en el espacio como un ente sin propósito que se regenera interminablemente y que existe pero no puede vivir, solo sufrir. ¿Toda una pesadilla, no? Ojalá pudiera despertar de ella…

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